La esfera

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Se aferró a la puerta, subió y se sentó en la silla del copiloto. «Es mi turno en la cabina», pensó mientras se acomodaba. El resto de la tripulación venía en la parte trasera, dos en cada costado. Iniciaron la ruta en la colina y tenían como último destino la zona industrial. Lanzaban las bolsas con gran agilidad dentro del compactador. El conductor miró su reloj y notó que habían ganado media hora, antes de las ocho de la mañana tenían que llevar el camión hasta el relleno sanitario, por lo tanto emprendieron la marcha.

Cuando tenían tiempo suficiente se detenían a tomar café. Así lo hicieron esa noche. Después de llevar más de la mitad del recorrido se acomodaron en círculo sobre unos pequeños troncos, tomaron café y fumaron cigarrillo. Uno de ellos se levantó y cruzó la calle, dobló la esquina y se ubicó en un rincón fuera del alcance de un potente reflector. Miró a su alrededor y solo vio una pila de estibas junto a un contenedor de basura. Dio algunos pasos, se abrió la cremallera y empezó a orinar. Mientras lo hacía pensó que podría sacarles alguna ganancia. Terminó y se acercó a mirarlas.

—Tal vez cincuenta me pueden dar por todo esto —dijo.

Se giró y se percató de algo en el suelo. No se podía ver muy bien en medio de la oscuridad, pero reconoció que tenía una forma esférica y parecía un balón de fútbol. Con timidez se acercó e intentó patearla, pero de inmediato constató su rigidez. Se puso los guantes, se inclinó y tampoco pudo moverla con el peso de su cuerpo, parecía como si estuviera fijada al pavimento. Sin que sus
compañeros lo notaran, fue hasta el camión y sacó una linterna. Regresó y se dio cuenta de que su superficie era lisa, como la de un balín. Se quedó pensando por un instante que nunca había visto uno así de grande. También le causó curiosidad saber cómo había llegado ahí.

—¡Eh, nos vamos! —le gritaron desde la avenida.

Apagó la linterna y se acercó a la caseta de un vigilante que estaba a la vuelta de la calle.

II

El vigilante estuvo sentado dentro de la caseta. Luego se levantó, se ajustó el cinturón y acomodó la funda del revólver. Se acercó caminando hasta los contenedores, encendió la linterna y notó que ahí seguía la esfera. Pensó en lo que le habían dicho: «Parece un balín» e intentó, también, moverla con el pie sin lograrlo. Dio vueltas a su alrededor y la alumbró desde diferentes ángulos.

Regresó hasta la caseta, tomó el teléfono y se comunicó con la estación de policía. La patrulla se demoró un par de minutos.

—Buenas noches —dijo uno de los policías mientras el otro apagaba la motocicleta.

—Buenas noches, señor oficial. Los llamé porque hay un objeto extraño, atrás —dijo señalando.

—Díganos dónde está, por favor.

El vigilante los llevó hasta los contenedores.

—Es esto —dijo alumbrando la esfera.

Los policías no la tocaron, solo la miraron de cerca.

—Nunca había visto algo así —dijo uno de ellos.

—Yo tampoco —repuso el otro—. ¿Sabe desde qué hora está esto aquí?

—No señor, el que me informó fue el de la basura.

—Entiendo. Debemos descartar cualquier situación. Permítame un minuto.

El policía sujetó el monófono del radio y se comunicó con la central:

—Central de Águila uno.

No contestaron.

—Central de Águila uno, central.

—Siga Águila uno para central.

—Central, le reporto que ya llegamos al lugar que nos indicó e hicimos contacto con el vigilante de la fábrica. En efecto hay un elemento extraño, pero no creo que se trate de un 929, aun así, quiero solicitar el apoyo de una patrulla antiexplosivos.

Eran poco comunes los casos de artefactos explosivos abandonados en vía pública.

—Debemos alejarnos de aquí mientras llegan los técnicos —dijo el policía.

Caminaron hacia la avenida y esperaron.

—Señores, buenas noches —saludó un hombre desde una camioneta.

Uno de los policías lo reconoció:

—Serán buenos días, mi sargento.

—Sí señor, así es. ¿Reportaron un 929? —continuó.

—No estamos seguros, señor.

—¿Dónde está?

—Sígame por aquí —dijo uno de ellos y lo llevaron hasta la esfera.

—Retírese y llámeme a Martínez.

Martínez era el compañero de patrulla del sargento. Luego de un rato llegó con un pequeño morral.

—¿Qué es señor? —preguntó Martínez.

—No lo sé —contestó mientras buscaba un tester en el morral—. A simple vista no parece un artefacto explosivo, o al menos en mis veinte años de servicio nunca había visto uno así. No conozco ninguno con esta consistencia —continuó el sargento tendido en el piso, observando con detenimiento. Intentó moverla, también en vano. El sargento se incorporó y se comunicó por el radio.

—Central de Ares.

—Siga Ares para central.

—Central, le reporto, llegamos al lugar que nos indicó y nos entrevistamos con las unidades de vigilancia. Revisamos el objeto sospechoso pero no encontramos características concluyentes. Sugiero que pidamos apoyo a Bomberos o Tránsito para trasladar el elemento y analizarlo.

III

Era la tercera cadena que se rompía, el brazo mecánico de la grúa ya exhibí una leve deformación a causa de los tirones. Los bomberos descartaron que se tratara de material radiactivo. También seguían sumándose curiosos a mirar el levantamiento de la esfera. El reportero de televisión informó sobre el insólito hecho:

—Así es, nos encontramos aquí en la zona industrial, presenciando lo que ha sido, hasta ahora, una labor titánica del cuerpo de bomberos y la policía de tránsito. Se trata de la remoción de una esfera de unos veinticinco centímetros de diámetro.

La esfera era la noticia del momento. Algunas agencias de prensa internacionales también estaban solicitando informes especiales a sus corresponsales. Se suscitó un revuelo sin precedentes. En el aeropuerto, en compañía de una delegación del ejército, el presidente estaba esperando un
vuelo chárter proveniente de los Estados Unidos.

Del avión descendieron algunos uniformados y un grupo de científicos. Por petición de los científicos, omitieron los protocolos militares y se trasladaron directamente hasta la zona industrial. El ejército tomó el mando de la situación, dispersaron a los curiosos y levantaron una gran carpa junto a la esfera. Bajo la carpa instalaron equipos de radiotransmisión y establecieron comunicación con sus laboratorios en Massachusetts.

—Inteligencia nos reportó esta situación en la madrugada. Nos enteramos por medios técnicos, señor presidente —dijo en perfecto español el general Carlyle, comandante del ejército estadounidense— Nuestro presidente le extiende el más fraterno saludo.

—Gracias general, su cooperación siempre es bienvenida en nuestro país. Siéndole franco, no estamos al tanto de lo que sucede.

—Por supuesto que no, señor, es un poco más complejo de lo que parece. Él es el doctor Ludwig Von Schreder, director de nuestro centro de investigaciones cibernéticas, quien cuenta con información precisa.

Con dominio evidente del español, el doctor también se presentó y empezó su disertación. El presidente y los oficiales escuchaban asombrados la conferencia. De repente prorrumpió un soldado:

—¡General, pasó algo! ¡Venga rápido, señor!

IV

Todos corrieron hacia afuera del recinto. Junto a la esfera yacía inconsciente un soldado, su antebrazo derecho presentaba una extraña coloración. El enfermero de combate se acercó a verificar sus signos vitales. El doctor pidió que trajeran el espectrómetro, una especie de caja que despedía rayos láser.

—De esto es lo que hablo, presidente —dijo el doctor apuntando los rayos a la esfera —. No reconoce el material. De lo que sea que esté hecha esta esfera, no forma parte de los 118 elementos de la tabla periódica.

—¡¿Alguien vio lo que sucedió?! —interrumpió de un grito un general. Un joven soldado se acercó:

—Yo vi, señor, él se acercó a la esfera, la tocó con las manos y cambió de color.

—General, que nadie más se acerque —advirtió el doctor—. Venga y le muestro algo, presidente.

Regresaron a la carpa y el doctor sacó un expediente. En la carátula tenía un adhesivo de color rojo con la palabra ‘Clasificado’.

—Me quedan pocas dudas al respecto. Pienso que estamos frente a una nanocomunidad neutrónica.

—¿Qué es eso doctor? —preguntó el presidente contrariado.

—La esfera es una inmensa comunidad de nanobots, miles de millones de pequeños robots agrupados y cohesionados de una forma extraordinaria, por eso la gran densidad de la esfera. Aún no sabemos cómo lo hacen, no existe máquina en este planeta capaz de levantarla porque su peso es enorme, hablo de trillones de toneladas.

—Doctor, ¿usted quiere decir que nadie puede levantar esa esfera?

—interrumpió de nuevo el general.

—Así es, solo nuestros satélites han estado al tanto. Los nanobots forman parte de nuestro ambiente desde hace un par de meses. Como no son perceptibles a nuestros sentidos, debido a su tamaño, solo los censores satelitales han podido detectarlos. No pensamos que se fueran a agrupar, o no tan pronto…

—¿Qué tan pequeños son? —preguntó el presidente.

—La punta de una aguja para los nanobots es como el monte Everest para nosotros —respondió—. Sabemos que están construidos con materiales desconocidos de alta dureza y que responden a las órdenes de una computadora matriz. Cuentan con tecnologías inimaginables, por eso han logrado adaptarse tan fácilmente. Aún no hemos podido establecer cuál es el motivo de su presencia en la tierra.

De repente sonaron gritos y disparos fuera de la carpa. Todos salieron y encontraron a los soldados apuntándole con sus fusiles a la esfera. El soldado herido se estaba estrangulando a sí mismo con su mano derecha, esta se había convertido en algo parecido a un guante de luces multicolor que ya no estaba subordinada a su control mental.

—¡Disparen! —gritó el general.

Abrieron fuego contra la esfera. Gastaron cientos de cartuchos pero no sufrió ni una raspadura. El soldado estrangulado fue consumido por completo por esa extraña capa de luces y se puso de pie. La esfera cambió su apariencia metálica y también empezó a despedir unos potentes rayos multicolor. Todos se alejaron de ahí.

—¡Artillería pesada! —gritó un oficial.

Un tanque de guerra pasó por encima de la carpa y luego tomó distancia, le apuntó con el cañón y disparó varias veces. Unos helicópteros artillados también ametrallaron desde el aire, pero la esfera seguía intacta. La delegación de Estados Unidos iba rumbo al aeropuerto. Se ordenó la evacuación de diez manzanas a la redonda.

Entre las ruinas de los cañonazos y los impactos de los disparos permanecía quieta la esfera, hasta que se abrió un espacio en la base. Salió algo que parecía un líquido, se esparcía rápido por el suelo y se convertía en una capa de luces y destellos. Estas, a su vez, daban forma a elementos más complejos, como pantallas y otro tipo de estructuras, mientras avanzaban formando ondas
circulares.

Fue tarde cuando comprendieron lo que sucedía. Cualquier superficie a la que lograba adherirse se convertía en un elemento orgánico de la nanocomunidad. Si eran tejidos vivos, estos eran remplazados por otras materias que estaban en capacidad de realizar las mismas funciones biológicas. A su paso todo iba quedando conectado a la computadora matriz, cuya ubicación nunca se supo.

Los nanobots se tardaron algo más de un mes para cubrir toda Sudamérica, continuaron con Norteamérica y luego cruzaron los mares hasta llegar a los demás continentes, su expansión fue incontenible. Se hicieron alianzas militares de todo tipo entre países. La coalición mundial consideró utilizar armas de destrucción masiva, pero lo descartaron porque albergaban la esperanza de recuperar el control del planeta.

En seis meses solo quedaron unos pocos espacios sin cubrir. Desde la plataforma espacial internacional se ve el potente resplandor de la antigua tierra, convertida en una gran masa de luces y espectros electromagnéticos.

CR

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