Sobre esa demolición

Hace poco más de siete años vivía en Dorval con mi novia, en el segundo piso de la casa de sus papás. Ese suburbio con estatus de ciudad es como todos los demás de su clase: Hileras de casas de madera separadas entre sí, un par de colegios, una biblioteca y un centro comercial con una gasolinería. Los signos de vida por lo general son el sobrevuelo de los aviones saliendo del aeropuerto Pierre-Elliott Trudeau y el paso cercano de los gansos canadienses inmigrando al final del invierno.

Para ese tiempo estábamos esperando a nuestra primera hija y sabíamos que quedarnos cerca a los suegros sería conveniente. Para sumarle puntos a eso, estábamos en un barrio muy popular para familias, tranquilo y organizado. Cuando llegó el momento de decidir si nos íbamos o no, no fue difícil escoger.

—Tenemos que salir de este cementerio —recuerdo que le dije a ella—. Un año más en esta quietud sepulcral y nos vamos a convertir en zombies.

Como siempre hemos estado sintonizados ninguna tuvo que abofetear a ninguno por proferir herejías contra el (venerado por muchos) tedio suburbano.
Llegado el verano empacamos maletas y nos fuimos a un edificio viejo sobre la avenida Sherbrooke a solo tres cuadras de la Autopista quince, justo en el ojo de la agitación citadina.

—¡Uau, mira la panadería que tenemos al lado, o la papelería cruzando la calle, o la tienda naturista en la esquina! —la escuché decirme emocionada.

La conveniencia de la ubicación compensaba lo destartalado del apartamento. Allí descubrí a mi handyman interno. La pintada del apartamento y la instalación de las lámparas de sol y corazón, compradas en Ikea, se mantienen en mi top diez de logros personales. Ahí también pasé cientos de noches arrullando a la bebé, cambiándole sus pañales y babeando como un pelmazo enamorado. En ese piso quedaron registrados sus primeros pasos (Por favor imaginen la escena al tiempo que escuchan Thus Spoke Zarathustra)

Mucho tiempo después, su mamá me contaría sobre las noches en que le leía Goodnight moon, el cuento con el que todo canadiense de nuestra edad alguna vez se fue a dormir: “El ruido de la calle era tal que cuando la acostaba, nos extendíamos un poco más de la cuenta. Antes de darle el hasta mañana a la luna se lo dábamos también al motor del bus; a los carros acelerando a fondo; a las sirenas de la policía; a las ambulancias y a los señores del bar del frente que pasaban hablando chistoso”

Tres años después, habiendo experimentado lo que necesitábamos, nos mudamos a otra parte. El tiempo pasó, y como seguíamos tan cerca, más de una vez miramos hacia el edificio con nostalgia. Cuando me enteré que la construcción había sido demolida me alcanzó a pegar. Los hogares son como cajas cuyas paredes registran nuestras huellas; cuyos suelos toman la forma de nuestro peso; cuya apariencia nos recuerda detalles allí vividos. Todo eso se va con los escombros.

Hace poco que pasé por ahí me tomó un segundo creer que estaba en la misma esquina. En vez del edificio había un vacío enorme totalmente extraño.

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