Sobre la montada en trineo

Ayer, un domingo gris y aburrido, no tenías ganas de otra cosa que feisbuquear, rasgar el ukelele sin ningún propósito y comer cereal. Estaba alicaído y ni siquiera la platoterapia (el gozo inexplicable que queda luego de lavar los trastes) me había subido el ánimo.

Por fortuna también soy papá y la vida me tiende a sacar a gritos de cualquier estado, productivo o no, para que la lleve a jugar en la nieve.

Como si se tratara del momento en que Neo le pide a la Matrix todo el armamento que necesita, así también —pero de forma mucho menos emocionante— comenzó la preparación para salir.

Pantalones de nieve. Saco. Chaqueta. Botas. Guantes. Bufanda. Gorro. Maquillaje de camuflaje. Mira telescópica. Quejas por incomodidad multiplicadas por cuatro. Girar la chapa. Bajar escaleras. Abrir puerta de edificio. En sus marcas. Listos. Fuera.

No habíamos avanzado una cuadra cuando ya me invadía el pensamiento de que vivimos en tiempos raros; porque caminar al parque de la mano con cuatro niños no debería sentirse como una amenaza para la salud pública. Pero en estos días eso es como cargar cuatro bombas biológicas. Hay incertidumbre por todo lado.

Piénsenlo, en cualquier momento pudo la policía habernos arrestado. ¿Se imaginan las noticias al día siguiente? “Atención, en un operativo sin precedentes cayó alias el papá y sus cuatro secuaces, de entre cuatro y ocho años. Han sido puestos a disposición de un juez por el delito de rebelión infantil con intención de trinear durante el estado de emergencia”

Ok, ok. Tal vez estoy exagerando un poco, ¿pero chistosa la imagen no?

Finalmente llegamos a la mini montaña del parque y nos encontramos a un montón de amigos del colegio de La mayor. Me puse a charlar con uno de los papás. Un par de minutos después tres de mis cuatro chuiquillos decidieron irse al costado peligroso, “porque allá sí es chévere, papá”. Mi menor se les pegó.



Mientras le contaba a mi interlocutor algo como “era de esperarse, se me fueron todos al lado peligros…” vi de reojo cómo un niño en un traje de nieve gris se deslizaba de cabeza, como un proyectil por la pendiente , directo hacia un árbol.

Luego, lo inevitable: ¡Bam!

La pobre criatura de inmediato puso la cara en el suelo helado y se puso a llorar. Todo eso pasó muy rápido. Tanto, que alcancé a sentirme mal por los papás del pobrecito y a escanear todo el paisaje.

—El grande está ahí, ok. El chiquito está ahí, listo. La mayor está ahí, bien. Mi menor está… eh… eh…

Medio asustado miré al niño que estaba deshaciéndose en lágrimas. Su traje era gris pero tenía guantes y bufanda rosadas.

—¡Ay juepuerca, yo conozco esa ropa, ese no es un niño, es Mi menor!— grité mentalmente.

Empecé a correr como un caballo desbocado, balbuceando groserías y dándome golpes de pecho por no haber estado ahí.

La recogí del suelo. Tenía el pelo lleno de nieve. Sus lágrimas salían y salían como un riachuelo rompecorazones y su cara se estaba hinchando por un lado. La sostuve en mi brazos unos segundos. No hacía más que pedir a mamá. No la consolaban mis abrazos.

Tras cerciorarme de que no había una nariz rota o un golpe en la cabeza pasé a lamentarme de que se nos había dañado el plan.

—¡Chicos, nos vamos a la casa!

Tratando de volver con una nota positiva la logramos hacer reír, imaginando cuánto daño le había hecho su cachete al “pobre” árbol.

Por fortuna no pasó a mayores.

Sobre esa demolición

Hace poco más de siete años vivía en Dorval con mi novia, en el segundo piso de la casa de sus papás. Ese suburbio con estatus de ciudad es como todos los demás de su clase: Hileras de casas de madera separadas entre sí, un par de colegios, una biblioteca y un centro comercial con una gasolinería. Los signos de vida por lo general son el sobrevuelo de los aviones saliendo del aeropuerto Pierre-Elliott Trudeau y el paso cercano de los gansos canadienses inmigrando al final del invierno.

Para ese tiempo estábamos esperando a nuestra primera hija y sabíamos que quedarnos cerca a los suegros sería conveniente. Para sumarle puntos a eso, estábamos en un barrio muy popular para familias, tranquilo y organizado. Cuando llegó el momento de decidir si nos íbamos o no, no fue difícil escoger.

—Tenemos que salir de este cementerio —recuerdo que le dije a ella—. Un año más en esta quietud sepulcral y nos vamos a convertir en zombies.

Como siempre hemos estado sintonizados ninguna tuvo que abofetear a ninguno por proferir herejías contra el (venerado por muchos) tedio suburbano.
Llegado el verano empacamos maletas y nos fuimos a un edificio viejo sobre la avenida Sherbrooke a solo tres cuadras de la Autopista quince, justo en el ojo de la agitación citadina.

—¡Uau, mira la panadería que tenemos al lado, o la papelería cruzando la calle, o la tienda naturista en la esquina! —la escuché decirme emocionada.

La conveniencia de la ubicación compensaba lo destartalado del apartamento. Allí descubrí a mi handyman interno. La pintada del apartamento y la instalación de las lámparas de sol y corazón, compradas en Ikea, se mantienen en mi top diez de logros personales. Ahí también pasé cientos de noches arrullando a la bebé, cambiándole sus pañales y babeando como un pelmazo enamorado. En ese piso quedaron registrados sus primeros pasos (Por favor imaginen la escena al tiempo que escuchan Thus Spoke Zarathustra)

Mucho tiempo después, su mamá me contaría sobre las noches en que le leía Goodnight moon, el cuento con el que todo canadiense de nuestra edad alguna vez se fue a dormir: “El ruido de la calle era tal que cuando la acostaba, nos extendíamos un poco más de la cuenta. Antes de darle el hasta mañana a la luna se lo dábamos también al motor del bus; a los carros acelerando a fondo; a las sirenas de la policía; a las ambulancias y a los señores del bar del frente que pasaban hablando chistoso”

Tres años después, habiendo experimentado lo que necesitábamos, nos mudamos a otra parte. El tiempo pasó, y como seguíamos tan cerca, más de una vez miramos hacia el edificio con nostalgia. Cuando me enteré que la construcción había sido demolida me alcanzó a pegar. Los hogares son como cajas cuyas paredes registran nuestras huellas; cuyos suelos toman la forma de nuestro peso; cuya apariencia nos recuerda detalles allí vividos. Todo eso se va con los escombros.

Hace poco que pasé por ahí me tomó un segundo creer que estaba en la misma esquina. En vez del edificio había un vacío enorme totalmente extraño.

Sobre el famoso Día de las velitas

Después de quince años de vivir en Montreal, solo este año, el 2020, he tenido pegado en la cabeza celebrar el dichoso Día de las velitas.

Supongo que las ganas han llegado con más fuerza que en mis días de soltero. Ahora no solo soy papá, sino que mis dos hijas están en la edad en que quieren hacer todo lo de los adultos y dejar a mamá y papá recogiendo.

Antes me habría valido poco más que un par de pepinos. Habría preferido prepararme, no sé, para cosas menos comprometedoras, más autoindulgentes. Como para la comilona de buñuelos de la primera Novena. O para irme a botar plata en chocolates de Papá Noel del Dollarama.

Pero ahora las tradiciones de mi vida de niño me pesan como no pasaba antes. Les pongo un valor nuevo. Aún cuando les he removido todo su significado religioso, me siento dispuesto a casi todo.

Como, por ejemplo, a ir en contra de mis temores canadienses: Que si será que los bomberos vendrán. Que qué tal que se vuele una velita y caiga en un techo. Que si nos pondrán multa. Que si estaremos patrocinando la industria ilegal de la cera de palma. Que si estaremos contribuyendo al calentamiento global.

Pamplinas. Qué tonterías. No pienso investigar a fondo los pros y contras. Le diré a las niñas que usemos frasquitos de vidrio, las dejaremos prendidas unos minutos, les tomaremos fotos para la posteridad y la fama en internet y listo.

Al fin de cuentas lo importante para mí es plantar esa primera memoria en sus cabezas: El capítulo inicial de sus recuerdos alumbrando las noches decembrinas junto a papá.

Para cuando esta modestísima nota esté siendo leída en masa ese evento habrá quedado en la popa del año. Para quien se sienta curiosa la invito a que visite nuestro grupo en Facebook y busque el post llamado “Día de las velitas” usando el buscador. Tal vez me vean ahí, en alguna imagen, haciendo cara de pastel.

Mientras tanto, carpe diem.